martes, 20 de diciembre de 2011

Hoy 19 hs, cita de lectura en el Bar Orsai

Buenas nuevas, señoras y señores. Hoy, 20 de diciembre, formaré parte de un encuentro entre las revistas Oblogo, Orsai y la empresa Mozilla. La cita es a las 19 horas en el Bar Orsai, Humberto Primo 471, San Telmo.
Allí, autores de Oblogo leeremos algunos de nuestros textos y quien quiera oir que oiga. Además habrá Oblogos gratis para todos, sorteos de productos de Mozilla y algunas otras sorpresas.
Todo esto rodeado de buena gente y un 2x1 seductor esperando en la barra. ¿Qué más querés? Venite. 

martes, 13 de diciembre de 2011

Encarnado

Ocurrió repentinamente. Un día me levanté con la capacidad de recordar con detalle mis vidas pasadas. Y pensar que nunca creí posible todo ese tema de la reencarnación.
Sin embargo ahora sabía que en existencias anteriores había sido, entre otras cosas, un margrave húngaro durante la Segunda Guerra y un palafrenero que murió de peste en un granero. Anteriormente –y para mi sorpresa- administré un puterío en Saigón. Antes de eso, fui un escritor egipcio que fracasó en todos sus intentos literarios y, sintiéndose miserable e incomprendido, se ahogó en una riada hija del imponente Nilo.
Estuve algunos días debatiéndome entre la sorpresa que me genera esta capacidad de recordar y el análisis de mis vidas pasadas. Tanto camino en la historia para llegar a esto, a lo que soy hoy.
Entonces me di cuenta de que no sé qué carajo soy actualmente, debe haber aumentado mi egocentrismo ya que no me apetece definir mi vida actual en tres palabras tal como como acabo de hacerlo con las anteriores.
Me deprimí. En este momento soy un pobre tipo, lleno de dudas, con un espejo retrovisor magnífico y enajenante.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Freak Show

-¡No te acerques tanto Benjamín! ¿Es que estás loco?- Gritó la señora, horrorizada, al ver a su pequeño hijo dirigirse en dirección a mi jaula.


Sin embargo, ese episodio ya había dejado de generar sensación alguna en mí; de hecho, la expresión que mostraba el rostro de la mujer con cabeza de cerdo, era tan trillada ante mis ojos como la suciedad que me rodea. Aquella obesa señora se acercó a mí para regalarme su más sincero gesto de asco: la parte izquierda del labio superior crispada hacia arriba, los ojos altivos y las fosas nasales dilatadas dándole, si cabe, una apariencia aún más porcina. Si tan solo ella pudiera verse: apretujada en ese vestido verde chillón, maquillada como uno de los tantos payasos que veo a diario, aquel grotesco espectáculo era coronado por un sombrero hongo raído, de pésimo gusto. 


Ni siquiera la odié. No lo merecía.
Soy el monstruo de Marrakech, es cierto que jamás he puesto un pie en dicha zona, pero alguien decidió que ese nombre me daba una apariencia aún más desagradable ¡como si hiciera alguna falta! Soy algo menos que una persona, soy un mutante, una aberración, un irrespetuoso sucedáneo de la raza humana. Soy, también, el hombre que buscan.
Nací hace algo más de veinte años, con tantas malformaciones como cabe imaginar. Seguramente mis padres (progenitores, padres es una palabra inmensa) supusieron que la deforme criatura concebida no podría vivir demasiado tiempo. Habrán logrado deducir que la sapiencia de la naturaleza no aplica en este caso, sobreviví y nada parece indicar que vaya a morir a corto plazo. La madre naturaleza decidió condenarme a vivir en una jaula, exhibido impunemente ante los morbosos ojos de la plebe – ¡Una moneda de cobre! – vociferan- ¡una pequeña moneda y verán al temible, al único, monstruo de Marrakech!-.
Inherentes de miseria, ignorantes. Despiadados. 
Transcurrí la mayor parte de mi vida en esta jaula, con estos vetustos barrotes como centinelas oxidados, durmiendo sobre una capa de polvo del grosor de un colchón – gris como mi concepción de justicia- con la impotencia convulsionando mi estómago segundo  a segundo como si tuviese una rata viva dentro mío, algo que me roe poco a poco, que contamina cada una de mis percepciones y me hace delirar, goteando por los poros libero esta fiebre de encierro. Las manos atenazan las rodillas y entre los dedos, el desprecio que ustedes me brindan supura en un odio amarillo, como pus.
Los únicos momentos en los cuales me siento a gusto, son aquellos en los que me entrego plenamente a la lectura. He aprendido a leer y a escribir por mi cuenta, uno de los cocineros me trae los libros, que le devuelvo junto al plato de la cena una vez los concluyo. Debe ser lo más parecido a un amigo que tendré jamás, presta atención  a cada cosa que me acerca, jamás un título repetido entre los cuatrocientos setenta y dos que me proveyó 
¿Pueden imaginarlo? El animal letrado, la bestia deforme bibliófila con mayor capacidad de discernimiento que la gran mayoría de ustedes. Pero ¿podrán imaginarlo ustedes?, hato de niños quejosos, gimoteadores profesionales de sus pequeñas desdichas, cómo es vivir –vivir, otra palabra grandilocuente para el caso- en una feria que recorre el país para que personas con diferentes acentos puedan estudiar cuidadosamente mi malformada anatomía. ¿Acaso no han oído los anuncios? Oh sí, estoy seguro de que lo hicieron: “La increíble y única feria de Mr Darahaim. Animales, monstruos, contorsionistas, malabaristas, payasos y enanos de todos los rincones del globo. Un espectáculo inigualable”  sí, estoy seguro de que la conocen. 
Yo vivo en esa feria.
Vivo en esta jaula rodeado de abusadores que convierten un manojo de desdichados en dinero, aquí donde los únicos detalles que ornamentan mi hábitat son restos de basura, cáscaras de frutas, insectos y unos grilletes –“No se preocupen señores el salvaje esta encadenado” - ciñendo mis muñecas como una burlona joyería barata.
Mi historia es un gran capítulo negro, mi pasado es hoy, la evolución es una variable cercana a cero.

-

De todas formas, las peripecias del pasado se antojan insípidas ante la hipérbole sombra que arroja el acontecimiento que tendrá lugar esta noche.
En unas horas dejaré todo esto atrás, o al menos los incisivos filos, las cicatrices las arrastraré a mi previsible y prematura tumba. Esta noche me iré, la niña de ojos orientales ha cumplido su promesa y las presentes horas le sacan brillo, desdeñosas, a un escape que encausará más de un mañana. 
Pero estoy salteando escalones como un niño al salir del colegio. Volveré sobre lo andado,  pues no tengo apuro alguno, por vez primera el tiempo es mi leal socio.
Hace ya algunos meses, en otro día de pueriles visitas, captó mi atención una pareja. A primera vista se los podía asegurar extranjeros, ya sea por sus ropas extravagantes, ya por el tono ébano de su piel; pero  sin dudas el detalle más extraño de la escena era  la niña que los acompañaba: una pequeñita saltarina que lejos de parecer africana portaba unos delicados rasgos orientales; tenía la edad suficiente como para saber odiar pero la expresión serena de quien aún no la había hecho. Se movía con soltura devorando con curiosidad cada detalle. Después de varias vueltas, caminó hacia mí con paso decidido y se ubicó cual espectador en una vieja caja de frutas a metros de mi jaula.  Sus ojos, como suaves ranuras, transmitían un sentimiento diferente del miedo y del asco que constituían mi moneda corriente, su expresión me hacía difícil descifrar que tipo de emociones le despertaba mi presencia.
Al fin tras un breve preludio, disparó:
- Hola - dijo sin más.- Tú no eres un monstruo como los de los cuentos, no me das miedo. ¿Cómo te llamas?- preguntó.
La deformidad que me aqueja me restringe el habla por completo, entonces intenté transmitirle, con un gesto, mi agradecimiento por aquel saludo. Busqué a tientas un pedazo de papel y al fin logré escribirle mi nombre en un recorte de hoja sucia. Ella me confío el suyo y me hizo confidente de la historia de su corta vida. Así, en unos pocos minutos, supe que había sido adoptada, que nunca supo nada de sus padres biológicos, que le gustaba el olor a vainilla y que podía hablar en tres idiomas. Cada palabra de la niña era como una caricia y deseé en una locura egoísta que la encerraran junto a mí, que no pudiera irse jamás. Viajaba en sus palabras como en un sueño y a través de ellas conocí verdes valles, jugué junto a ella a explorar los tejados de su hogar en donde guardaba su colección de piedras con formas extrañas, tomamos té de frutos silvestres en la inmensa sala de su casa, conocí a Bandido, el gato atigrado que se convertía en feroz león durante las noches de miedo. Por primera vez experimenté una sensación de felicidad, estaba hechizado con su relato, percibía cada enunciado de aquella voz cantarina como dogmático.
Al fin tuvo que irse, pero prometió volver a diario.
Y cumplió con su palabra. Descubrí en aquella niña un árbol de historias deliciosas, una fuente de vida infinita; cada tarde monologaba para mí un relato que se me antojaba exquisito. Pronto se acostumbraron a verla por aquellos lados y su gracia innata ganó el beneficio de todos, transcurrieron semanas y la niña se convirtió en uno más de nosotros.
Así fue hasta que hace dos días llegó llorando. Entre hipidos, me confesó que estaba cansada de sus compañeros de colegio que se burlaban de su naturaleza oriental, de sus ojos extraños. Fue un impacto instantáneo, nuestras miradas se encontraron en mutua comprensión y, por primera vez, se acercó hasta que sólo nos separaban los gruesos barrotes de mi jaula; sus pequeñas manos recorrieron mis cadenas.
- Voy a liberarte- exclamó.- Ya lo he pensado todo.
Un golpe de sangre en mi estómago me sacudió violentamente, la niña me soltó y se despidió por aquel día. Hasta ese entonces no sabía lo que era estar solo.

-

Esta mañana ha vuelto, la vi encaminarse hacia mí y saludar a cada miembro de la compañía a medida que los cruzaba. Se sentó donde siempre y habló con la verborragia acostumbrada. Ni una sola mención a sus últimas palabras del día anterior. Simplemente comenzó a monologarme mientras comía unas galletas que había traído en una canasta de latón.
Así, cuando empezaba a creer que había sido una jugada de mi imaginación, ocurrió: la niña palideció casi hasta la transparencia y comenzó a convulsivar en violentas arcadas y furiosos vómitos. Tras algunos segundos, dos miembros del staff circense repararon en ella y se la llevaron entre gritos de alarma. Yo quedé preocupado, pero a nadie le importaba, jamás sospeché lo que en realidad  estaba sucediendo. Alrededor de media hora después llegaron sus padres, visiblemente conmocionados y al rato se llevaban a la niña envuelta en una manta de terciopelo, pálida y demacrada. Ante una seña de la pequeña, se detuvieron junto a mi jaula para que ella pudiera recoger su canasta y el resto de sus pertenencias. 
La niña se detuvo junto a mi jaula y me miró con los ojos llenos de despedidas, me regaló una instantánea que jamás voy a olvidar justo antes de estirar su mano y soltar su pequeño pañuelo dentro de mi habitáculo. 
Creo que a estas alturas no necesito decirles que es lo que el pañuelo envolvía.

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Las llaves de este confinamiento laten entre mis harapos en un bombeo casi audible. No he resistido probarlas, abren perfectamente. Tantos años de reclusión forjados en estos pocos centímetros de metal, tanta miseria amalgamada rompiendo olvidos entre mis dedos y una ilusión a cuentagotas que degenera mis sentidos como opio.
Sufro.
Aguardo.
“Tememos a lo que desconocemos” dijo alguien, y ahora lo comprendo, un mundo desconocido me susurra al oído que me espera; paciente, satisfecho, tranquilo como una partida de caza que- victoriosa- sólo mata por placer. La noche es un gran abismo vertical que me absorbe a dentelladas frías.

-

El poco movimiento circundante me indica que ya es tiempo, deslizo mi mano a mis bolsillos asiendo mi libertad con garras de cuervo. Voy a salir.
He decidido dejar estas líneas, no sólo como endecha de libertad, sino para que puedan ver desde mis ojos y entenderme, quizás uno de cada diez lo logre y no me tema. Quiero dejar sentado que no soy peligroso, el único crimen que ensuciará mis manos ya estará cometido para cuando lean estas palabras. Porque estoy decido a hacerlo, voy a dibujar una roja y definitiva sonrisa en el cuello de Mr. Darahaim, uniré sus orejas con una fina línea de muerte, pero ya no más; crean en mí cuando digo que no volveré a lastimar a nadie.
De todas formas no soy ingenuo, sé que van a buscarme, estoy seguro de que habrá hordas de paladines de la burlona sociedad dispuestos a salir a la caza del temible monstruo.
Así que, a esos justicieros de la injusticia, a esos que vienen por mí: disparen, apunten al pecho, al fin sabré si estuve vivo.


sábado, 26 de noviembre de 2011

Fukuoka

Las calles de la ciudad de Fukuoka desbordan historia. Historia escrita en caracteres japoneses, inaccesibles para la gran mayoría del mundo occidental. Allí, en ese suelo que hoy enseña un sarpullido de flores de cerezo se forjó la civilización del Japón.
Dentro de Fukuoka, el barrio de Hakata-ku nos regala una belleza arquitectónica que resulta de la mezcla entre la ultra modernidad y las montañas y arrecifes típicos de la región.
Fukuoka está más cerca de Seúl que de Tokio, por lo cual se puede percibir una influencia coreana muy fuerte. El señor Biel camina por estas calles, admira el templo de Shofuku Ji y piensa que todo es perfecto: el clima templado, la gastronomía del lugar, la fuerte presencia de la cultura, la gente cálida pero no demasiado.
Sí, el señor Biel sabía que todo era perfecto, estaba viviendo allí a causa de un plan perfectamente craneado, una obra maestra de la logística. Dos prósperos años en Japón habían sido suficientes para hacerse dueño de una buena cantidad de campos de cultivo de arroz. Hoy unas cincuenta personas trabajaban para él. El señor Biel pagaba buenos sueldos, los mejores de Fukuoka en el rubro. Era un hombre valorado y respetado.
Sí, en Japón todo era perfecto.

El señor Biel entra a su casa y se quita el calzado como es la costumbre. Lleva en las manos unas bolsas de papel madera con alimentos, así que se acerca a la cocina para dejarlas sobre la mesa. Sobre la mesa encuentra una foto que él no puso allí, sin firma, sin marcas, sin amenazas. Simplemente una foto, un retrato de su ex mujer a quien el señor Biel –que no se llama realmente señor Biel, en primer lugar- tuvo el mal gusto de asesinar a puñaladas y enterrarla con sus manos en un terreno baldío en Zárate, Provincia de Buenos Aires.
Entonces el señor Biel, entiende que no todo es perfecto: no lo fue su crimen, ni su exilio japonés, no lo es esa comida que desborda de gusto a pescado en cada plato, no es perfecta la presencia de la cultura porque él no entiende un carajo de la cultura en español, figúrense de la japonesa. Pero sobre todo, no es perfecta la gente, cálida pero no demasiado. Pues así no se puede saber si alguno de ellos conoce tu pasado y está a punto de apuñalarte por la espalda de un momento a otro.

martes, 22 de noviembre de 2011

Hermosa

Estaba todo prácticamente listo. Alguien ordenaba unas flores de manera que formen elegantes, primorosos ramos. Los maquilladores corrían de aquí para allá, las luces principales se encendieron. Afuera el público se preparó para deleitarse con las mujeres más hermosas de cada rincón del mundo. Atardecía en Bahamas, el escenario estaba montado en las afueras del Atlantis Paradise Island Resort.
Sobre un atril descansaban la tiara y el cetro que otorgaba el mayor concurso de belleza del planeta. Una modelo senegalesa entró en pánico, comenzó a gritar que no iba a poder hacerlo, que no, que no lo lograría. A su lado, Miss Finlandia la consolaba. Le daba fuerzas.
El presentador entra en escena - impecable ambo negro, moño, raya al costado- y da por empezada la velada.
Una luz cegadora enmudeció a todos, participantes, público, trabajadores. Todos en silencio. Un artefacto monstruoso descendió sobre el mar, algo así como un edificio acostado se materializó en cuestión de segundos casi sin hacer ruido. Solo luces. Muchas luces.
La nave extendió una plataforma en dirección a la playa. Una criatura roja que parecía un chicle masticado comenzó a descender a través de ella, moviéndose hacia el público que comenzó a huir preso del pánico.
Hjynkay (al menos onomatopéyicamente suena así) no entendía el por qué de la reacción terrestre. Allí de donde ella venía era increíblemente hermosa. Llorando por sus 91 ojos, emprendió la retirada.
No era culpa suya. Si un concurso se llama Miss Universo, es cuestión de tiempo que las bellezas de otros planetas quieran probar suerte.

sábado, 19 de noviembre de 2011

In Memoriam


(Este cuento forma parte de Fiebre de encierro. Es, probablemente, mi preferido entre todos los que componen mi primer libro)

Un acre olor a tabaco y alquitrán señoreaba la casa una vez más, resultaba imposible no reparar en él, ardía en el ambiente.
 –Apaga de una vez esa cosa- gritó la gallega desde la cocina, aunque no obtuvo respuesta –pst, viejo mañoso- agregó.
La escena era cotidiana. Si miraba hacia atrás, la mujer no recordaba un solo día desprovisto de peleas contra su marido y su vicio de fumador.
 –Enrique, joder ¡que apagues esa chimenea de veneno! ¡Eres un grano en el culo, hombre!- le espetó aunque sabía que él había jurado no responder nunca más cuando ella empezara con su perorata antitabaco. La gallega sonrió de costado, resignada, aún enamorada.
La mujer se movía de memoria en la cocina, los brazos de los cuales colgaban bolsas de piel arrugada se extendían a destinos harto conocidos sin necesidad de la luz de los ojos: la sal había estado allí desde hace mucho, la pimienta esperaba donde siempre, el tomillo...bueno el tomillo se había terminado, Enrique -asiduo consumidor de aquel condimento- se iba a cabrear un poco.
Los hábiles dedos longevos hicieron llover filosos y azules latigazos sobre el diente de ajo reduciéndolo a delgadas láminas diáfanas que se desintegrarían en el aceite; el tablón de cocina era un espejo marrón y cruel, lleno de cicatrices. La anciana limpió sus manos en el borde del delantal otrora blanco -hoy de un sepia que parecía contagioso- y caminó hasta la silla más próxima en la cual descansó sus pesados setenta y cuatro años.
Acaso el ruido del aceite sobre el fuego –una garúa en miniatura- acaso una melancolía que se vuelve inherente a los seres de determinadas edades, la gallega recordó una tarde especial y lluviosa en una Buenos Aires más cuerda y productiva: la de mitad del siglo pasado. Ella, María Angélica Landázuri era “la recadista”, como la llamaba su padre, en el almacén que la familia supo ubicar siete años atrás cuando el grupo llegó desde España con los bolsillos llenos de ilusiones y las manos sedientas de trabajo. Su empleo era simple: llevaba a domicilio aquellas canastas cuyo peso era adecuado para una muchacha de veintidós años. Y la memoria suele tener gatillos sensoriales implacables; al recordar el antiguo negocio casi pudo oler aquel aroma mezcla de embutidos, artículos de limpieza y algo de encierro. Sí,  ahora lo veía todo otra vez: el local con sus grandes latas de galletas y con aquella vieja heladera cuyo motor zumbaba como un insecto inmenso.
Pero recrear el escenario le traía también el recuerdo de su padre. ¿Cómo vislumbrar el blanco mostrador de madera sin su figura detrás? El gesto duro, buen presagio del hombre que lo portaba, las pesadas cejas que casi se unían en el puente de la nariz, los ojos astutos asomando unos centímetros por encima de los anteojos. Su padre tomaba forma entre éstos y otros miles de detalles que se fundían al volver la vista atrás hasta perderse enredados en la verbena de su infancia. Pero no son sus recuerdos de figura paterna lo que nos interesa. Otorguémosle a la mujer, al menos, esa privacidad y vayamos a lo que nos convoca: la primera vez que vio a Enrique.
Aquella tarde la chica volvía de la casa de uno de los mejores clientes del negocio cuando el cielo decidió estallar en una lluvia violenta y fría; no hubo un centímetro de aquel vestido blanco y rojo que usaba casi a diario que no se empapara al instante y al llegar al local la muchacha era...
- Vaya, si eres un ángel que se ha escapado de una fuente vaticana- dijo el desconocido con evidente tono ibérico. Le dedicó una sonrisa encantadora.
- ¿Se sirve algo más señor?- cortó el padre de la muchacha- María ve a secarte, estas hecha unas sopas y apura, que te necesito- dijo el viejo más para marcar límites que debido a una necesidad real. El desconocido no apartó la mirada de la chica hasta que se perdió en las sombras del pasillo. Era una construcción típica de aquel entonces: un local en la parte frontal de la vivienda y un angosto corredor que conducía a la casa.
El joven Enrique Ortiz era guapo, -carajo, si que lo era- murmuró la anciana sonriendo. La primera vez que lo vio fue como si un gancho tirara de su vientre hacia abajo a tiempo que el rubor le escocía el rostro en un hormigueo inédito. De existir un récord mundial de cambio de ropas María lo batió cómodamente aquella tarde, saltando de la mojada tela y cayendo en su mejor vestido negro -el de domingo-. En el apuro una costura cedió en su resistencia eyectando uno de los botones que golpeó el techo con un chasquido y cayó sobre el suelo de madera, rodando, perdiéndose en algún ignoto rincón. Se puso unas sandalias sin calzarlas, las pisó para no perder tiempo y corrió hasta el local. El resto fue todo un desastre: en la carrera perdió apoyo con uno de sus pies y cayó hacia delante. La muñeca que amortiguó el golpe terminó quebrada.
Diez días después cuando volvió a dejarse ver por el local, ya con el brazo enyesado, la sorprendió el gesto de su padre cuando le señaló la puerta diciendo – Ese infeliz ha venido cada día desde tu accidente, o vais a hablarle o iré yo, bien sabes que le zurraré – María vislumbró a través de la vidriera una criatura que parecía ser un ramo de flores gigante con un par de pies asomando por debajo. Una vez fuera, las flores descendieron para dejar al descubierto aquel rostro cuadrado y hermoso. Los ojos la recorrieron con adoración – tenía una de sus pestañas torcidas- luego llegó la sonrisa, ésa que le había valido una fractura.
Hoy, más de medio siglo después, la mujer recorrió una vez más la pálida cicatriz de su muñeca con la yema del dedo.


Omar sostenía un brote tierno entre el pulgar y el índice, emparedaba fragilidad entre rudeza, aunque lejos estaba de dañar con sus dedos callosos aquella planta de tan sólo  dos semanas de existencia. Si tuvo alguna vez una certeza en su vida era ésta: amaba su trabajo; sus aptitudes se ajustaban tan bien a la jardinería que no lograba imaginarse haciendo otra cosa. Omar era paciente, las plantas crecían tranquilamente bajo sus palmas de surcos terrosos, las miraba con orgullo consciente de que aquella sensación era lo más parecido a ser madre que un hombre podía experimentar jamás. Poseía además una perseverancia ejemplar, podía pasarse la vida jugando con aquello de prueba y error. Lo tenía todo para ser jardinero y, puesto que era analfabeto, se consideraba afortunado de poder trabajar en algo que lo apasionara tanto.
El hombre dio un paso atrás para observar mejor su obra: el jardín de la gallega. Ah, ni siquiera un parnaso completo podría con su mejor esfuerzo lograr la descripción adecuada para aquella parcela convexa de césped, sus flores desafiaban la escala cromática haciéndola quedar pobre.
Pero hasta los artistas sufren el hambre y, lo que sea que la gallega estaba fraguando en la sartén emanaba un aroma embriagador. Omar desvió los ojos del jardín e intentó identificar el efluvio preguntándose con qué se iba a deleitar hoy su estómago.


El aceite le chistó a la gallega como para recordarle su presencia, la mujer se puso de pie y se acercó a la sartén con los ojos perdidos entre sus recuerdos. Una vez que el torrente de la memoria de María comenzaba a traer imágenes se hacía imposible pararlo. Hizo un repaso, un racconto en cámara rápida de sus días. Recordó su casamiento y su noche de bodas (no podía olvidar que la transitó entre vómitos) al ver aquel estado, Enrique le echó la culpa a la torta ¿Quién iba a sospechar que aquellos eran los primeros síntomas de su embarazo? Francisco llegaría a sus vidas algunos meses después; aquel era otro capítulo extenso y tan cargado de amor que le agobiaba el corazón.
– ¿Te acuerdas de aquella vez en que el niño…? – se dirigió a su marido al recordar una travesura del pequeño pero las palabras se extinguieron en un gorjeo patético, una profunda emoción le estrangulaba la garganta, ahogándola, las lágrimas se citaron veloces en los ojos desteñidos. - Soy una vieja boba – gimoteó.
La baraja de imágenes siguió rodando en su cabeza, la mujer pudo ver momentos felices y otros no tanto. Pero había algo en el fondo, una alarma de un rojo obsceno manchaba el blanco de sus pensamientos aunque no lograba identificar de dónde provenía aquello exactamente. Había un grito desgarrador, fuera de contexto. Cerró los ojos intentando recordar ¿Qué es lo que se escondía allí que le producía esa extraña sensación? ¿Se estaba olvidando de algo? Entonces la baraja se detuvo, la instantánea era inconfundible.


Afuera, en el jardín, Omar sentía la tensión en cada uno de los músculos de su brazo al cargar la pesada regadera de latón que se alivianaba conforme el precioso fluido se esparcía entre las plantas. Inclinó la herramienta una vez más, el Sol le arrancaba fuertes brillos que herían la vista.
Para esta altura, su parte media era una sinfonía de rugidos “Puta me comería un caballo” se dijo a si mismo y rió. Fue cuando entonces le pareció oír un grito proveniente de la cocina. Aguzó el oído: Percibió el canto de unos pájaros, una cigarra en el fondo, había también un motor lejano y una abeja zumbante describiendo círculos no muy lejos de allí. Se encogió de hombros y resolvió que se lo había imaginado. Entonces la oyó otra vez; reconoció el nombre articulado, por supuesto, aunque ya no tenía sentido gritarlo. Se acercó hasta la ventana y lo que vio le justificó incluso romper la puerta de una patada cuando, a causa de los nervios, descubrió que no encontraba las llaves.


La gallega se tambaleó y la cocina con ella, la realidad lindante perdió sus aristas en un borrón nervioso. – ¡Enrique! – llamó y sus palabras reverberaron en el pasillo como fantasmas.    Perdió el equilibrio, un gancho de carne marchita se asió al borde de una silla; el aire circundante se negaba a dejarse respirar. Una de sus rodillas impactó el suelo sonoramente pero la mujer no sintió nada, se encontraba en un paisaje en el cual el dolor físico no tenía hegemonía.
Al crecer el cuerpo la memoria muta, se balancea alejándose del recuerdo por el recuerdo mismo. Se vuelve subjetiva, la memoria. Toma para algunos la forma de un marco que encuadra postales felices –aunque no lo hayan sido tanto- generando una melancolía constante; para otros adquiere tonos épicos: se sobredimensionan los momentos, los protagonistas. Uno recuerda lo que quisiera recordar.
Pero estas líneas nos hablan de un tipo de memoria más peligrosa y menos común, quizás más piadosa sin embargo: la memoria selectiva. Aquí el individuo es capaz de recordar detalles banales e intrascendentes, una pestaña torcida en un rostro amado, por ejemplo. En contraposición es capaz de olvidar ese mismo rostro frío, marchito y maquillado con las galas definitivas de la muerte. Las manos en cruz sobre el pecho, al navío listo para el gran viaje.
- Enrique, por favor – volvió a gritar la anciana, pero no recibió respuesta. Había pasado casi un año desde que Enrique Ortiz había dejado de contestarle al Mundo. Ahora, ella lo sabía, lo estaba viendo en su memoria.
Unos brazos fuertes envolvieron a la anciana, el leguaje físico no admitía errores: el contacto era protector, Enrique había vuelto.
Omar sujetó a María con delicadeza pero firmemente, brindándole seguridad. La encaminó hacia la sala y la depositó en el sillón, el mueble exhaló un suspiro con olor a naftalina al recibir el peso del cuerpo. Lloraba Doña María y se aferraba a los hombros del jardinero con desesperación, como si fuese a caer en un abismo si perdiese el agarre. Y así era, claro que él no lo sabía.
Una vez sentada, la mujer acunó el rostro de Omar entre las manos marchitas, lo miraba con adoración. – Enrique – le decía –hola viejito- un líquido espeso mezcla de lágrimas y moco incoloro creaba puentes flexibles entre los labios al hablar – te extraño, viejito- susurraba con los ojos desenfocados. Así pasaron los minutos, la gallega redujo el contacto a unas caricias en las manos – te extraño- siguió repitiendo hasta quedarse dormida. El jardinero entendió la situación de inmediato y abrazó a la anciana con el genuino cariño que genera la piedad. Una mano en la espalda la otra entre las manos de ella, como tantas veces viera hacerlo al hombre que le dio trabajo veinte años atrás, al señor de las zetas sibilantes. Con aquel cuerpo viejo y tembloroso entre sus brazos, perdió la mirada por la ventana: afuera una bandada de pájaros venía planeando en prolija formación, uno de ellos se desprendió cortando tranquilamente el cielo turquesa del mediodía, describió un grácil bucle e inició un descenso seguro. Tan seguro como que el camino de dos compañeros debería converger en el mismo punto.





martes, 15 de noviembre de 2011

Estereotipos

A We, que me equilibra los tristes estereotipos que poblan el mundo.


El grupo de amigos que tengo la suerte de integrar, es un conjunto de estereotipos. Cada uno conoce su lugar en la manada y lo cumple a reglamento. West y yo somos los chicos cultos-geek del grupo. De hecho, a West su apodo le deviene de Adam West, el Batman de los años 60. Nuestro nivel de nerdaje es escandaloso.
 Después está Maxi, que es el fachero de boliche. Cumple con todo lo que su estereotipo manda: labura de RRPP, siempre está bronceado y con una pendeja nueva de la mano. Y no tiene una puta idea de lo que sucede más allá de sus narices.
 Charly es el hermano metalero, todo en su vida es rock, amigos, códigos, truco y birra. Siempre con su remerita de Hermética, casi la tiene tatuada.
 Diego, por su parte, es un estereotipo muy frecuente: el argento canchero. No importa qué te haya pasado, a él le pasó algo peor. Suele utilizar frases tales como “¿sabés como es la cosa?”,  “Yo, papá, yo te canto la posta” y “a esta me la cojo”. De cada anécdota que Diego cuenta hay que creerle un 30%, pero nosotros lo queremos así, es parte de su encanto.
Los viernes nos juntamos los cinco en un bar en Recoleta. Ya es una agradable costumbre.
El viernes pasado, West y yo hablábamos del modelo keynesiano, más precisamente de cómo el estado de bienestar podría solucionar varios problemas en el mundo de Star Wars, concluimos analizando las defectos del modelo propuesto por John Maynard. Charly estaba borracho y se reía con la historia de Diego, que esta vez aseguraba haberse enfiestado con dos gemelas danesas. Maxi boludeaba con el celular, solo, en silencio.
Lo miro a West y, con un gesto cómplice, decidimos regular el nivel de nuestra charla. Hablar de algo en lo que Maxi pueda integrarse.
- Che Maxi –le digo- qué pedazo de culo tiene Cinthia Fernández.
- Sí – adhiere West- No se puede creer, che.
Maxi nos mira, parece concentrado en algo. Entonces responde:
- Sí, es cierto. Pero me quedé pensando en el modelo keynesiano y, West, el modelo no es inútil, lo que pasa es que no se aplicó por completo- afirmó, para nuestra enorme sorpresa- Al estado intervencionista debió haber seguido un período en el cual se debía enfriar la economía para no producir más de lo que se puede consumir. Es un modelo de ciclos que se complementan, el error estuvo en aplicar sólo una etapa.
West y yo nos miramos boquiabiertos.
- ¿Cómo dijiste Maxi? –balbuceé.
Maxi volvió en sí, sus ojos volvieron a ponerse en foco.
- Que tiene terrible ojete – dijo con su gesto habitual.
Fue ahí que entendimos que existía un estereotipo madre, uno que nos unía como grupo heterogéneo en exacto balance, un sistema capaz de auto regularse. Nosotros funcionábamos así y no tenía sentido intentar ser diferentes. Supongo que si alguno de nosotros forzaba una postura, nuestra amistad se volvía una mentira.
Y con estos amigos, eso es un lujo que no nos podemos permitir.

sábado, 12 de noviembre de 2011

"Fiebre de Encierro" ya está en la calle

El jueves 10 de noviembre, a las 18hs, se oficializó la salida de "Fiebre de Encierro" por editorial Dunken. Mi primer libro ya puede conseguirse en las librerías de CABA. 
Se trata de un libro compuesto por diez cuentos cortos, de diversas temáticas y que está cosechando muy buenas críticas. 
Si alguien esá interesado en adquirir uno -pueda pagarlo o no- me puede contactar a Estebanandresquincoses@gmail.com

Quiero agradecer a toda la gente querida que me acompañó en el evento. Fue un momento muy feliz que corona este primer escalón de mi carrera.


Muchas Gracias

Andrés Quincoses


martes, 1 de noviembre de 2011

Del tiempo perdido

Al final resulta ser que el tiempo no se pierde. Sí, así como escuchan, y soy una voz autorizada puesto que acabo de morirme y están a punto de devolverme todo ese tiempo que yo consideraba perdido.
Así es, resulta que me muero ¿me siguen? Y aparezco acá, en esta oficina donde un tipo muy de saco y corbatita me dice que ha contabilizado todo el tiempo que perdí en mi vida y que por una cuestión de regulación de no sé qué carajos, ese lapso de tiempo no le pertenece a la persona/situación que me lo robó así que van a devolvérmelo íntegramente y aquí llega la parte interesante de la cosa: puedo elegir en qué gastarlo.
Cada vez que hice una cola en el banco, cada minuto más en la oficina, algunas demoras en aeropuertos, un par de situaciones en las que la Ley me retuvo, cada una de las veces que tuve que esperar en el teléfono escuchando una versión minimalista de The Entertainer, los minutos en las salas de espera del dentista, los embotellamientos en Avenida Independencia. Todo, absolutamente todo ese tiempo me será devuelto. Suman algo así como 9 días, estoy dentro del promedio de tiempo perdido en una vida.
El tipo de saco y corbatita me pregunta en qué quiero gastar esta suerte de Nota de Crédito de tiempo y me sugiere las elecciones más frecuentes. Algunos lo usan para bañarse en el mar una última vez, otros vagan por el mundo como fantasmas siguiendo a sus hijos, unos cuantos han ido a ver a su equipo de fútbol un par de domingos más. Mi elección es simple: yo sólo quiero abrazarte.
Al parecer mis palabras toman por sorpresa al flaco de saco y corbatita porque se lo nota nervioso, se ve que nadie ha elegido tener contacto con alguien que está vivo aún, quizás han dado por hecho que estaba prohibido o no querían asustarlo. En fin, todos se han conformado con mirar. Yo me encapricho, porque ralmente quiero un abrazo tuyo.
Así que acá estoy, en la sala de espera de esta oficinita. Como no pueden terminar arbitrariamente tu vida, voy a esperar acá hasta que te toque morir. Pero lo bueno es que, al parecer, el tiempo que tenga que esperarte también suma y me será devuelto. Así que resistí, mi amor. Vivite un par de décadas más, que cuando llegues voy a necesitar mucho tiempo entre tus brazos.

domingo, 30 de octubre de 2011

Porno (del bueno)

Ya que vamos a invadir su intimidad, otorguémosle cuando menos el anonimato. El protagonista será ‘el muchacho’, su nombre es un detalle que no incide en el hilo de la historia.
Ha llegado el año 2064 y no hay autos voladores, la comida no viene en cápsulas ni es posible teletransportarse. Aquellos que hoy se ilusionan con un futuro estilo Jetsons, se sentirían decepcionados. El mundo es más o menos la misma mierda que vemos hoy, sólo hay que sumarle la consecuente degradación de casi todas las cosas.  
El muchacho camina por calle Honduras, encapuchado, las manos en los bolsillos, apura el paso. La paranoia ha hecho mella en él y con razones: está a punto de violar una ley. El hecho podría condenarlo a un par de años de prisión.
Plaza Serrano se volvió algo así como un panal de putas, las hay de todo tipo. El muchacho ni las mira. A su izquierda una pantalla gigante emite escenas pornográficas, la industria del sexo se fue reinventando. La sexualidad es como un pantalón: una vez forzado hasta cierto punto queda estirado, aunque luego es fácil volver a llevarlo hasta ese punto. Y hay que innovar. La película que puede verse en la pantalla gigante hoy sería considerada ridícula, en 2064 es lo que la gente quiere ver: hay un enano albino y diabético penetrando una rubia disfrazada de pavo real.
El muchacho esquiva la plaza y dobla por una cortada. Pasa por la puerta de un Bar en donde las mozas –apenas vestidas- ofrecen café y mamadas por un módico precio. En las casas, la gente empieza a amontonarse para ver el reality show de travestis que reina en el prime time.
Al fin llega a destino, una casa ordinaria de fachada antigua. El muchacho sabe lo que debe hacer, conoce el código: tres timbres cortos, uno largo y el último, cortito otra vez. Espera, la ansiedad lo consume.
Un gordo en pijama asoma la cabeza. El muchacho es cliente, el gordo alivia el gesto al verlo, el riesgo de comerciar aquel tipo de mercadería hace que el gordo viva al límite del infarto. El muchacho paga, esconde el paquete que le da el gordo en la campera y desanda rápido el camino a casa, le tiemblan las piernas, los latidos son un bombo legüero en negras.
Una vez en su habitación traba la puerta, le ha dicho a su madre que iba a mirar un gang bang por internet. La mujer no sospecha. El muchacho desarma el paquete y extrae el contenido, se dispone a analizarlo: al parecer, esta vez, el escrito es de un gendarme que le promete a su novia que va a volver, le pide que le espere, le asegura un futuro, una vida, una casa.

En Palermo el gordo escucha el resonar de muchas botas y sabe que le llegó la hora. Lo descubrieron. Lo enjuiciarán por la prohibida actividad de vender cartas de amor a una minoría exótica. Ellos no entienden que la pornografía no existe si no hay prohibición, que la restricción hace al deseo.
Nosotros no entendemos como hay cosas tan buenas que aún no han sido prohibidas.

viernes, 28 de octubre de 2011

Hamelin

Cuando el Rey gritaba, la corona se agitaba en su cabeza y daba la impresión que iba a caerse de allí de un momento a otro. Y aquel Rey gritaba muy seguido.
Los vinos más caros del Mittelrhein solían alienarlo por completo y era capaz de mandar a la horca a un centenar de hombres durante una mala tarde.
El monarca era la persona más inmunda del reino, un cerdo autoritario y caprichoso que, entre orgía y orgía, dictaba la suerte de una importante cantidad de gente.
Aquella tarde se celebraba una fiesta, la plaza de armas estaba dividida en dos por una fila de guardias. De un lado la realeza se movía entre mesas cubiertas de la mejor comida, duques, barones y señores debatían en la zona alrededor del trono, ubicado en el descanso de una escalinata, desde donde el Rey lo veía todo. Del otro lado estaba el pueblo que bailaba, pañuelo en mano, borracho de cerveza barata. Las mujeres portaban trenzas, los hombres se desabrochaban los tiradores.
Fue todo música de un lado y atiborro de comida del otro hasta que uno de los guardias atrapó un niño queriendo robar comida de la mesa real. El pequeñito estaba descalzo y sucio, el hambre- pésimo consejero- lo había envalentonado y de no ser por algunos vasos que cayeron sonoramente se hubiese hecho con aquella portentosa hogaza.
El niño fue llevado ante el Rey, quien exhibía un pavoroso estado de ebriedad:
-¿Acaso no os alcanza lo mucho que os doy?- el Rey hablaba al pueblo a través del pequeño -Permito que citen su inmundicia a mis fiestas, que beban de mi cerveza y me retribuyen con fechorías. ¡¡No os alcanza nada!! Ejecuten a ese pequeño bribón.
El pueblo se volvió un silencio de muerte, la madre del pequeño se desprendió del gentío y rogó por la vida de su hijo, pidió que la tomen a ella, dijo que el pequeño sólo tenía hambre. Aquello fue un grave error, porque cuando la mujer mencionó la falta de comida, las entrañas del pueblo reclamaron, todos gritaron a causa del hambre.
- ¡¡Que ejecuten a los dos!!- gritó el Rey al observar aquella reacción y se puso de pie para bajar la escalinata, para pasearse ante la gente - También será ejecutado aquel que no se arrodille ante mí.
Fue instantáneo, el pueblo casi en su totalidad se puso de rodillas, excepción hecha de un anciano.
El anciano era uno de los personajes más extraños del pueblo, todos lo conocían. Sin embargo nadie había cruzado palabra con él, se trataba de un ermita que vivía en la más absoluta pobreza en las afueras de la ciudad. Un viejo alto y desgarbado, vestido con unos jirones que alguna vez habían sido coloridos. En su ojos azules se advertía algo como una melancolía, un peso de esos que se llevan como un yugo inquebrantable.
- ¿No puedes arrodillarte, viejo? - croó el Rey ante el desplante- ¿No me estarás desafiando verdad?
Entonces el viejo habló, creo que ninguno de los presentes lo habíamos escuchado pronunciar palabra nunca.
- No mate al niño, su Majestad- dijo sin más.
El Rey no cabía en su sorpresa.
- ¿Qué te hace pensar tomaría órdenes de un viejo andrajoso?
- No es una orden su Majestad, es un consejo. No podrá Usted jamás dar el esquinazo a la culpa.
Una  sonora carcajada Real desató una seria de risas de compromiso.
- Colgad al ladroncillo, a la madre y al anciano loco- Y, dirigiéndose al pueblo -Ustedes, continuad bailando, que estamos en fiesta.

Fue ahí que el anciano gritó:
- ¡Su majestad! -
El Rey se dio vuelta al tiempo que el viejo extraía algo del bolsillo, el centenar de guardias desenvainó sus espadas ante la posibilidad de una daga asesina pero, en cambio, el anciano extrajo una viejo oboe.
- Me asedia cien veces el peso del crimen que Usted está a punto de cometer, ha sido demasiada muerte para tan poca vida - dijo el viejo y comenzó a soplar el instrumento.
Una música embriagadora como el más dulce de los licores brotaba de aquel oboe, y el Rey se abrió paso en dirección al músico que retrocedía lentamente, el resto del pueblo estaba flotando sobre las notas, hechizado por aquella soberbia melodía. Fuimos siguiendo al Rey y al anciano a una distancia prudente. Lentamente, en dirección al río.
Y así, en aquella noche de fiesta, el tirano y el flautista de Hamelin  se dejaron abrazar por el río Weser. El monarca dejó al pueblo en mejores manos, el anciano lavó sus culpas por lo acontecido tantos años atrás.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Excalibur

A Daniela A. Fernández Blanco, que no me irá a resistir un cuento de gatos.

Arturo tirita de frío, el esqueleto se le convulsiona, se agita en pequeños espasmos. Este Arturo es el antiguo, el medieval, el otro Arturo sufre el calor de una Buenos Aires contemporánea. El otro- el del calor- intenta atrapar unos pequeños sorbos de agua de un bebedero en una plaza de Almagro.
Uno es ficticio y el otro quizás, uno será el Rey por antonomasia en la literatura inglesa y el otro llegará a ser un contable más bien mediocre. Sin embargo, los dos están a punto de encontrar que son especiales, elegidos, distintos.
El primer Arturo está a dos hombres de llegar a la espada, la famosa espada en la piedra que ya ha desechado a un centenar de hombres fuertes. La mítica Excalibur. Aquel que logre sacarla de la roca helada será coronado Rey de Inglaterra, título que en ese entonces era mucho más importante que hoy. Aunque quizás no tanto como lo fue después, en ese momento las islas eran, más bien, un manojo de dinastías enfrentadas.

Volvamos a la Buenos Aires actual, donde el otro Arturo, acompañado de tres amigos, encuentra un hermoso gato. El animal, agazapado, observaba como una veintena de palomas se debatían unas migas. Uno de los chicos se acerca a acariciarlo, el gato es arisco, un gato bonito pero callejero, el niño se trae un respetable arañazo en la mano como souvenir. Arturo observa la escena, está maravillado con aquel gato. Piensa que daría lo que fuera por tener aquel animal como mascota.

Sir Geoffrey Lodge avanza hasta la espada, el gesto soberbio, se sabe uno de los hombres más fuertes del reino. Toma la empuñadura con una naturalidad que hace creer que la hoja fue forjada a su medida, apoya su bota de piel de ciervo en la roca y tira.
Nada.
Ni se mueve.

-Lo voy a cagar a patadas- dice el chico que acaba de ser arañado y enfila en dirección al felino. 

Una mano lo agarra del cuello de su camiseta de fútbol. Es Arturo -el otro, no el de la espada- le dice que deje al gato tranquilo, que no si no ve lo hermoso que es, que el arañazo se lo gano por boludo, que como se le ocurrió ir a joderlo. Que el gato a mí me va a querer, que no se ría, que me va a querer.



La escupida  de impotencia de Sir Lodge le cede el turno a Arturo, algunos dicen que llegó allí como escudero y no se cuántas otras cosas. Yo les digo que Arturo no se hubiese perdido la oportunidad de intentarlo por nada del mundo, serán ustedes como siempre los que elijan qué creer.
Arturo avanza, algunos lanzan unas risotadas irónicas. Arturo es flaco, más bien encorvado, su complejidad no da mayores esperanzas acerca de su fuerza. Sin embargo, él va a intentarlo y, como bien sabemos, lo conseguirá.

El gato estudia a Arturo con atención, los reflejos listos para correr si hace falta, las uñas afiladas por si aquel extraño amerita el zarpazo. Espera, sin embargo.
Arturo acaricia al animalito, la conexión es inmediata, el arqueo de la columna del animal le indica que ya es suyo. 

La espada se mueve. Carajos se mueve grita alguien y los siguientes gritos son para vivar al Rey. Arturo levanta a Excalibur sobre su cabeza, el elegido es él. La espada ha hablado, señores. El pueblo se pone de rodillas.

En Almagro, el otro Arturo camina con su gato, nadie lo aplaude, nadie se arrodilla. Simplemente caminan juntos hacia casa sin saber que ganarse el amor de un gato no es para cualquiera, es como sacar una mítica espada de una roca- cada gato es una Excalibur- es coronarse Rey aunque no le importe a nadie.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cigarras



Vanitas vanitatum omnia vanitas


La pared estaba cubierta de sonrisas, una buena cantidad de fotos enmarcadas la decoraban. En ellas se repetía un protagonista: el hombre que ahora agonizaba en aquella habitación. En algunas de las fotografía se lo veía joven, en otras estaba más parecido a la versión actual. Pero lo notable era que en todas las imágenes estaba acompañado por una personalidad diferente, cada cual más importante que la anterior.
 Y si esto era valioso, qué decir del cuadro de Dalí que colgaba frente a la cama; regalo recibido de manos del propio Salvador. Para completar la escena había un mueble repleto de diplomas y premios. La luz solar que se colaba por la ventana le arrancaba brillos a una medalla con el perfil de un hombre que portaba un barba tupida. 
El anciano escritor había tenido una gran vida, era imposible negarlo. Sin embargo había llegado el momento de morir, de enfrentar algo nuevo. Porque, bien lo había dicho Borges, si no hay vida después de la muerte, la nada misma sería también una novedad absoluta.
Los medios hablaban de un estado de salud delicado, pero lo hacían por respeto. Todos sabían la verdad y él, el señor de las palabras, no dudaba en llamar a la muerte por su nombre. El escritor amaneció y supo enseguida que aquella era su última mañana. Enseguida se sintió dichoso de poder transcurrirla en su casa.
- ¿Le prendo la tele? - le preguntó la servicial Dora ni bien advirtió que había despertado.
- No, Dorita, que necesito pensar- contestó amablemente - Pero le aceptaría un amargo - añadió.
Sonrió al recordar lo que había escrito Hernán Casciari sobre la tevé, el mate y pensar. 
Una vez que la mucama se retiró a la cocina el anciano supo que era el momento de actuar, debía ser rápido si quería conseguirlo, lo del mate había sido una distracción. Dora no le hubiese permitido jamás levantarse, ni hubiese entendido cuán vital era aquella necesidad.
 El anciano lo había tenido todo, dinero, mujeres, fama, el amor de una familia, dos hijos hermosos, reconocimiento internacional. Pero ansiaba algo más, un último capricho y estaba a punto de conseguirlo.
Caminó a los tumbos hasta la puerta que daba hacia afuera, logró abrirla y salió al balcón. Aferró sus dos manos, como ganchos marchitos, a la baranda y se asomó levemente.

Abajo había una buena cantidad de gente que había improvisado una vigilia al enterarse de que el escritor estaba gravemente enfermo. Gente que lo admiraba profundamente, personas a quienes los libros que el hombre había escrito les cambiaron la vida. Una de estas personas lo vio asomarse y se puso de pie, enseguida el centenar que lo acompañaba lo imitó, la reacción era inminente.

Arriba el anciano disfrutó del silencio previo al estallido, el ambiente se tensó como la cuerda de un arco y entonce ocurrió: El multitudinario aplauso se elevó como un coro de cigarras, abrazando el alma del anciano escritor. Fue así que el hombre se dejó morir, con el sonido más hermoso que supo conocer, con aquel retumbar de palmas como salva de despedida, como una gloriosa marcha fúnebre.

domingo, 14 de agosto de 2011

El oro y el plomo



-Por fin- se dijo- por fin lo tengo.
Había invertido tanto tiempo en aquella empresa que prácticamente se puede  afirmar que le dedicó su vida. Hoy, ya un anciano, acunaba celosamente entre las ajadas manos el fruto de todos aquellos años de trabajo. Lo admiraba.
Hicieron falta muchos sacrificios, los días de ayuno fueron tan frecuentes que los gritos del hambre se volvieron apenas un susurro, la piel color café se adhería a las costillas pero la determinación era tan fuerte que las exigencias físicas resultaban estériles. La poca ingesta de alimentos hacía más aguda su percepción del mundo.
Aquel indígena no podía concebir lo importante de su descubrimiento, si alguien obtuviera aquel producto en la actualidad el mundo se volvería un caos. Pero hace cinco siglos, cuando esto ocurrió, obtener el elixir de la vida eterna era una variable que se consideraba posible.
Porque era eso lo que el aborigen había diseñado: una mezcla pastosa y meticulosamente diseñada que le daba la inmortalidad a quien la ingiriese. La había probado con un conejo y los resultados fueron sorprendentes, el animal siguió perfectamente vivo resistiendo incluso la ingestión de un hongo venenoso que podría haber matado un oso grande. Y muy pronto, frente a toda su, tribu en sagrada ceremonia, el anciano iba a probar los efectos de la mezcla en carne propia convirtiéndose así en el primer hombre inmortal, en el alquimista por excelencia. El plomo en oro, diría alguien hoy, una metáfora interesante del hombre ascendiendo a un estado superior.
El anciano indígena miró la cueva en la cual había pasado los últimos meses, aislado del resto de la tribu para poder concentrarse en aquel trabajo, una ráfaga de melancolía lo recorrió, le costaba dejar aquel espacio, incluso ahora que los resultados eran altamente positivos. Reunió sus cosas y emprendió el regreso victorioso, el elixir viajaba en un pequeño cuenco de madera, la invaluable receta, únicamente en la cabeza del anciano.
- Ah, la vegetación es más verde el día de hoy – pensó el aborigen- el agua es más cristalina y los árboles más fuertes- Había más árboles que hombres en el mundo y el equilibrio parecía inquebrantable. Y ahora, para más, podría transitar aquel hermoso paisaje para toda la eternidad.
El bramido hizo volar algunos pájaros que se dispersaron como perdigones cortando el azul celeste, el proyectil de plomo fue a dar en la frente del anciano, el cuenco voló y el elixir se esparció por la tierra húmeda. 
El colono, hombre que se jactaba de tener la mejor puntería del viejo continente, sonrío victorioso. 


- Juro que le dí- dijo el mexicano José Benavídez quinientos años más tarde.
- Ya vamos José – lo apuró su compañero – se debe haber escapado, no es importante- agregó.
- No es la presa lo que me importa- replicó José acariciando su fusil automático con mira infrarroja – es sólo que juro que le dí, juro que maté al puto conejo-.

sábado, 6 de agosto de 2011

Bisagra

(todo lo dicho debajo puede ser cruelmente real)

Hay una cosa que es bien cierta: nadie tiene ganas de visitar una clínica; cuando uno tiene que entrar a una clínica o a un hospital es porque está jodido de algo. La excepción se da, quizás, en los partos. Uno reconoce a las parejas que vienen a parir por sus caras de felicidad, incluso antes de ver la prominente panza que porta la mujer. Aunque, puedo asegurar, también hay casos de futuros padres que desearían estar en una situación muy diferente. 
Entonces, lo primero que debe aceptar una persona que trabaja en una institución de salud- más aquella que se desempeña en admisión de emergencias- es que  ninguna de las personas que atenderá a diario estará allí por placer. Sería más acertado decir que todas llegarán más bien fastidiosas. 

La Clínica Santa Isabel se alza sobre la Avenida Directorio, en el barrio porteño de Flores. Una fachada lujosa nos recibe: vidrios espejados, un amplio hall sobre un suelo que brilla sin descanso; el logo de la institución- un globo azul con una estrella- está empotrado contra una pared de madera clara. Al caer la noche encienden una luz que está dentro del globo, el efecto es encantador: lo baña todo en una palidez azulada. Por dentro, sin embargo, no todo será tan bonito.
Tenemos entonces dos certezas: el lugar es relativamente bueno y el humor de los clientes no lo es tanto. Aquí a los clientes se los llama pacientes, lo cual es a priori difícil de entender, no es la paciencia precisamente lo que los caracteriza. A los curiosos les ahorro la investigación: “paciente” es una deformación etimológica de “padeciente”. 
Disculpen la poca capacidad de focalización, decíamos que el lugar está bastante bueno y el humor de los pacientes es mas bien fiero.  Claro, una cosa lleva a la otra. Alguien se habrá dado cuenta de que el buen trato de la gente es inversamente proporcional al grado de lujo implícito en el lugar. Podríamos discutirlo, no será hoy, sin embargo porque el tema es el siguiente: en un trabajo como éste, de vez en cuando, hay días que te cambian la vida. Y fíjense si no es así, les prometo que, antes de terminar el relato, por mi rostro correrán lágrimas de sangre aunque a esta altura y en este contexto suene a misticismo pelotudo.
Llegué aquel día como llego siempre, observé lo cotidiano.
Los médicos son personajes heterogéneos que pueden clasificarse, a grandes rasgos, en dos grupos: los humanos (generalmente cálidos) y los que se creen dioses, sino allí está el cirujano ése que ante el “¿Cómo le va doctor?” de rigor contesta indefectiblemente “Acá ando, haciendo el trabajo de Dios” El fulano es, cómo negarlo, una eminencia. Cómo negar también que es un pobre tipo. Una vez un negro inmenso lo levantó del cogote a unos veinte centímetros del piso por no sé que problema con la atención de su mujer. Deberían haberlo visto, los zapatitos de gamuza le penduleaban desesperadamente al doctor-divinidad, le castañeaban los dientes ante la cara fea del negro. Poco le faltó para la paliza de su vida o para que el negro lo envíe de vuelta al Olimpo de una soberana patada en el culo. Mas tardé se lo escuchará contar una versión totalmente distorsionada de aquella escena en la que él ensaya un discurso digno de Stallone en una película de clase B. Ya decíamos, un pobre tipo.
La noche -recordemos, será de las que cambian la vida- transcurrió en relativa tranquilidad hasta alrededor de las 2 de la mañana. Ahí se da la primera complicación: Un gordo llega prácticamente arrastrado por sus amigos “Venimos de cenar” dice uno de los acompañantes “y ahora le duele mucho el pecho y no respira bien” agrega. Claro el señor hace caso omiso de sus casi setenta años, va y se atiborra de comida –alguien dirá horas después “morfó como un caballo”- supongamos que tomó también alcohol y que, en agradable clima amistoso, se rió en demasía. El diagnóstico no puede ser otro que IAM: Infarto Agudo del Miocardio, lo reconozco por el correr de los médicos, por el fraguar de sus herramientas, por ese beep agudo e intermitente al que se nos sujeta la vida.
Se muere, no se muere.
Se muere, no se muere.
Oscila sin saber de que lado caerá. De un lado te llevás los dos premios, uno ahora, el otro llegará algún día. Del otro lado es ese y, chau, se terminó.
Es válido contar que los amigos, excepción hecha de uno que esconde la cabeza entre las manos, están mirando la repetición de un partido de la Liga mexicana de fútbol, Fox Sports transmite esa basura a la madrugada. “Ese negrito la mueve” dice uno en referencia a un siete con gambeta endemoniada. “Uhhh si lo mete me muero” exclama otro luego de un tiro desde treinta metros.
Inoportuno, sin tacto, el que se muere es tu amigo. O casi. Saldrá sin embargo, esta vez no le toca. Pero casi, y la culpa es de la orgía de comida que se pegaron, no de un mexicano osado que patea desde cualquier parte a ver si emboca.
Pero para que el hombre zafe, para que decida morir otro día falta casi una hora. Todavía se pulsea con la parca, el gordito.
La segunda complicación, la que nos incumbe, llega unos diez minutos después. Solo, casi agachado se para tambaleante en el umbral de la entrada a la guardia. Lo primero que advierto son sus ojos: brillan violentamente, casi me hablan. Me piden ayuda. 
Me pongo de pie, el mostrador sólo me dejaba ver la cara del tipo. Pero ahora, parado, lo veo bien: está bañado en sangre. 
Aquí, un humano, uno simple y bastante cagón, se debate muchas cosas en un momento así. ¿Lo cargo como hacen con los soldados en las películas? No, querido esto no es Hollywood, miralo, está lleno de sangre. Podés contagiarte hepatitis o cualquier otra cosa. No lo toques.
Pero podés, también, contagiarte de culpa. Recordemos lo siguiente: Los dos médicos de guardia y el enfermero están luchando contra el Infarto. Quizás vayan perdiendo.
Dejalo morir boludo, y enfermate de culpa, dale. La culpa te va a ganar el cuerpo como una enredadera negra, va a llegarte hasta el corazón. Más vale morite de una hepatitis decente, de hombre con huevos. (Lo estoy llevando hasta el Shock Room, cuando me resigno a esto)
Lo que sigue es todo un griterío, no entiendo nada sinceramente, estoy con mi pobre alma girando como un trompo entre dos tipos que se están muriendo, con mi ignorancia medicinal a cuestas. Con mis ambiciones periodísticas estériles. 
Llega otro médico, bajó de terapia a socorrer el escándalo, le abre las ropas al ensangrentado: tres puñaladas. El tipo casi no respira. Jadeo, jadeo, jadeo. Le insertan un tubo y otro más. El médico me grita, pero no lo oigo, estoy como ido. “Ponele las manos así en el pecho” me llega de repente “Andrés, escuchame, el paciente se muere. Cuando yo te diga empuja con las dos palmas huecas, como bombeando” El tipo gorjea patéticamente. “Ahora. Uno, dos” dice el terapista.
Alguien lo hace, no soy yo por supuesto. Yo lo veo desde afuera, pero son mis manos. Es mi cuerpo el que está trabajando ahí. Todo gira. En algún momento el hombre respira, se estabiliza. 

Afuera, tres minutos después, lloro como nunca antes lo hice en mi vida. Las manos ensangrentadas. El reloj tiene costras secas entre los eslabones de la muñequera. En algún momento me toqué la cara y ahora lágrimas de sangre salobre me surcan el rostro –se los dije- El médico, Javier se llama aunque poco importe, me palmea la espalda. Jamás fumé pero acepto el rubio que me ofrece, lo prendo y es un asco: toso como un perro. Lo del cigarrillo fue una pendejada, un cliché de película. El héroe que fuma. Se ve que el tabaquismo no aplica a los pendejos cagones.

El tiempo pone casi dos semanas entre el apuñalado y el presente. Un té se enfría en la mesa en un día como cualquier otro. Del sector de internaciones baja un hombre, una señora lo ayuda; caminan despacio.
Es él, parece otra persona pero es él, nuestras miradas se cruzan. Suelto un "¿Cómo le va señor?" quizás demasiado enérgico, se habrá creado un vínculo, deduzco. Me regala un "buenas noches" seco, a la defensiva, sorprendido ante mi efusividad. ¿Acaso no se acuerda? Me miro las manos. Su actitud me parece una mierda. ¿Acaso no sabe quién soy? Si yo fui quién...
Paro, me interrumpo.
¿Caeré en la soberbia que, líneas atrás, critiqué?
Caigo, soy humano. Y, ahora lo descubro, soy también soberbio.
La actitud del tipo no es la que se debería tener con alguien que te salvó la vida. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Venecia

De niño, cuando me hablaban de Venecia, jamás hubiese imaginado que Buenos Aires correría igual suerte. 
Ahora el botero recorre las calles de Barracas, que aún conservan parte de su encanto. Más allá esta la nada, una gran parte de San Telmo tuvo destino de Atlántida, su vieja infraestructura sucumbió a la erosión en pocos años. Se perdió para siempre en las aguas.
- ¿Aún toma mate? - me pregunta el botero.
- Que si tomo- le respondo.
Me conoce, quizás hasta leyó alguno de mis libros. Sabe de mi exilio español y hasta me perdona alguna sutil pincelada de gallego que a esta altura se me ha pegado. España me adoptó, me abrazó como abraza una madre. O como supongo yo, que una madre debe abrazar. El botero se llama Jesús y se gana el pan- como tantos otros- llevando gente a recorrer Buenos Aires en su bote. La nave es pequeña pero cómoda y exhibe, como acostumbran, un mascarón de proa con alguna temática autóctona. Jesús tiene una Mafalda.
El primer mate está demasiado caliente, me deja la lengua con esa sensación horrible que sé que va a durar hasta mañana. Quizás fui yo, que le perdí la costumbre. Mientras tanto el bote deja atrás lo que era Avenida Garay y dobla por la vieja Entre Ríos. Esta parte está casi intacta, el agua está unos cuantos metros por encima del asfalto así que todo parece más bajito pero la esencia se mantiene.
- ¿Conoce esta zona señor? -Jesús intenta retomar la charla.
- Vaya si la conozco- le digo- aquí he terminado la escuela, hombre.
Y es cierto, aunque no queda mucho del Colegio Estrada, me invade una melancolía venenosa. Me froto las manos, estas manos de hombre mayor donde comienzan a salir algunas manchas de vejez. El segundo mate me recuerda lo mejor de la infusión justo cuando llegamos al Congreso: enorme, imponente, la cúpula parece al alcance de la mano esta vez. Los personajes que ornamentan el edificio se han podrido y muestran un aspecto siniestro. Se me ocurren varios chistes políticos que decido reservarme.
Avanzamos, el silencio es roto únicamente por el sonido que hacen los remos con los que Jesús apuñala el agua, hace algunos años esta parte de la ciudad era un ruido permanente. Hoy ya no hay nada, sólo turistas. Por allí anda otra embarcación, adivino un Gardel en su proa. Digo adivino porque el tallado es pésimo y bien podría ser un Maradona con sombrero.
Llegamos por fin a Avenida Corrientes y yo empiezo a recordarte, Jesús se da cuenta y me da la espalda, me regala privacidad y aminora la marcha. Me conoce, sabe mi historia, ahora lo sé. Sabe de mi amor por vos, sabe de mi huida a España, sabe que fui a buscarte y que jamás te encontré, sabe que te perdí por idiota y, sobre todo, sabe que estamos a un par de remadas de llegar a ese café- Corrientes y Uruguay- donde empezó nuestra historia. No vale la pena recordar como terminó. Jesús se da vuelta y me alcanza un pañuelo, me aprieta el hombro como dándome fuerzas. Él sabe que trabaja gracias a mí. Sabe que fui yo quien cubrió la ciudad de agua, llorándote como un loco, ahogando con mis lágrimas el tango de la mítica Buenos Aires, derruyéndolo todo por completo.